En las civilizaciones más antiguas, en las culturas más remotas, encontramos testigos literarios o arqueológicos que nos hablan de los aromas, los ungüentos y los perfumes.
El nombre de perfume o perfumes proviene del latín “per”, por y “fumare”, producir humo, haciendo referencia a la sustancia aromática que desprendía un humo fragante al ser quemado, usado para sahumar.
El arte de la elaboración de perfumes nació en Egipto, fue desarrollado por árabes y romanos y desde España se reintrodujo en Europa durante el Renacimiento. El Almizcle, la algalia y el Agua de Rosas, fueron los aromas más amados y requeridos en toda la Edad Media. Y fue en Francia, hacia el siglo XIV, donde se cultivaron flores para elaborar los perfumes, permaneciendo ésta desde entonces como el centro europeo de diseño y comercio en perfumería.
En la población francesa de Grasse, “cuna de la perfumería tradicional”, el Museo Internacional de la Perfumería vuelve a trazar a través de colecciones excepcionales, la historia de los perfumes, pero también de los jabones, de las pinturas y de los cosméticos, desde hace 4 000 años.
Como bien dijo una vez el modisto Paul Poiret “El perfume es uno de los accesorios más importantes del vestuario femenino.”
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